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martes, 3 de febrero de 2015

Recuerdos del mañana (evocación de infancia)


En el futuro, cae la tarde sobre una avenida de la ciudad, casi desierta a esas horas; sólo se puede ver a una joven en bicicleta que pedalea calle arriba, siempre de espaldas al espectador, alejándose de él a cámara lenta. Lleva un suéter blanco a rayas horizontales azules, una falda larga blanca plisada y una boina de estilo francés; un atuendo poco habitual en estas latitudes, que, junto a cierto aire de irrealidad que la viste indefiniblemente -la languidez en el porte, la lentitud en el paso- delata lo anómalo de su procedencia, su carácter de rareza bajo este sol demasiado rotundo, demasiado indudable. Quizá haya salido de alguna película, o de alguna revista hojeada con descuido de la que, poco después, sólo ella -la página arrancada de bordes irregulares, atesorada en una carpeta escolar- permanecerá en la memoria. Quizá sea sólo un sueño o una invención, la materialización imprecisa de un deseo que empieza a desperezarse en el interior de unas entrañas, a elegir las formas femeninas que puedan albergarlo.


Para el niño que recuerda esta escena, o la sueña, o proyecta su naciente deseo sobre ella, la avenida bañada por el sol es casi tan ajena como para la joven en bicicleta; si bien él está seguro de ser completamente real, y de haber habitado esa ciudad durante toda su corta existencia, la calle en cuestión -no demasiado lejana a su casa, por otra parte- cae al otro lado de la autopista que divide su mundo en dos mitades: el racimo de calles familiares del barrio, donde la vida se desarrolla de forma perfectamente autosuficiente, y todo aquello que hay más allá de la frontera de asfalto, que sólo se cruza muy de vez en cuando -siempre en coche, siempre con sus padres- para adquirir aquellos pocos bienes que el barrio no puede suministrar. Es allí, al otro lado de la carretera, donde el futuro teje paciente su trampa de araña, seguro de que la edad y la audacia llevarán pronto al niño a ampliar el radio de sus paseos, en busca de tantas cosas para las que aún no tiene nombre. Para cuando eso suceda, el mañana tiende sus calles al sol, las engalana, las puebla de hermosas muchachas de belleza fresca y prometedora; también, les aplica un tenue barniz de cosmopolitismo -aunque el niño aún no sepa lo que significa esa palabra- que anuncia ya una ley inmutable: el futuro, siempre, sucede en otra parte.


La joven sigue pedaleando -en el recuerdo, o el sueño, o el deseo, en cualquier caso en el futuro-, pedalea y  pedalea en la tarde que no termina de caer, y parece que, por mucho que avance, no se acerca visiblemente al punto de fuga hacia el que se precipita la avenida, con los árboles marcando dos filas paralelas que tampoco llegan nunca a tocarse, ni aun en el lejano horizonte. La escena podría prolongarse así indefinidamente, arrullada en su propia morosidad, si no fuera porque la expectativa necesita un desenlace. A mitad de la calle, la joven detiene al fin su paso, se apea de la bicicleta en un movimiento lleno de gracia, y deja el vehículo apoyado contra un árbol sin mayor precaución (intuyendo, quizá, un veto a los ladrones en ese fragmento acolchado del futuro). Sucede entonces un lapso de aparente indecisión, en que la joven se limita a permanecer quieta, con la cabeza gacha, como si tratara de recordar la siguiente frase del guión de un sueño; en ese momento es posible distinguir al fin su rostro, agraciado pero impersonal, desvaído más allá de unos pocos rasgos genéricos, trazos apenas de una belleza vaga, difuminada por la distancia, que podría reflejar tantas y tan distintas bellezas por venir. Igualmente vaga ha sido su implicación hasta el momento en la escena, su indiferencia hacia el ojo de la mente que la sigue, como si su presencia fuera sólo testimonial, en representación quizá de todas las mujeres que habrán de albergar algún día la carga arrasadora de un deseo nunca satisfecho. Por eso, cuando un resorte interno la vuelve a poner en movimiento, resulta sorprendente verla girarse con tanta deliberación hacia el punto desde el que está siendo observada, mirar y reconocer inequívocamente a quien -o quienes- se ocultan detrás, y transmitir a través de los abismos del tiempo, tanto al pasado como al futuro, un mensaje sin palabras destinado a impactar profundamente en un corazón aún tierno:

Te esperamos.



lunes, 16 de junio de 2014

40 años

Olvidar a una mujer sin poner ciudades de por medio; un efecto de la edad que ata firme a una geografía indeseada, a una identidad grabada en unos huesos que se van haciendo viejos, que no sueñan ya con reposar el día postrero en la tierra de una ciudad ajena donde debía transcurrir la vida correcta que, ay, no se vivirá ya. Convocar un concilio de ciudades de papel, entonces, y ver cómo una tras otra se desvanecen al menor soplo de aire en contra, a la más pequeña mordedura del anhelo de la carne, al primer recuerdo envenenado de lo que nunca sucedió. Envidiar la ligereza de ánimo, la audacia de forastero vocacional con que se encaraban las calles desconocidas de otras ciudades hace sólo -¿sólo?- diez años, extraviando y reencontrando a cada momento el rostro de la mujer a la que se pretendía olvidar con el viaje (y a la que sólo el tiempo y otras mujeres permitieron al fin, años después, borrar del recuerdo). Olvidar a una mujer amada con cuarenta años, sin una triste huida en los bolsillos ni una historia que contarse en la que vestir la piel del héroe trágico: lenta labor de demolición que despoja de belleza al mundo...

 

jueves, 28 de junio de 2012

La vida (wargame)



La mayoría de la gente juega sus fichas en el tablero-ciudad que les toca por nacimiento; pocos son quienes buscan otros tableros en los que probar nuevas o viejas estrategias, retornar las fichas a la casilla de inicio con la -vana- ilusión de empezar una partida desde cero (como si fuera tan fácil borrar las cicatrices, el peso de las decepciones padecidas). Yo sólo me he guiado por una certeza a lo largo de tantos años de partida más o menos infructuosa: no quería jugar en el tablero que me había tocado en (mala) suerte (pero tampoco conseguí, no durante el tiempo suficiente, trasplantar mis fichas a otro tablero más propicio), por lo que me vi obligado a inventar reglas nuevas, hacer trampas, oscurecer el tablero o, finalmente, abandonar la partida...

Sólo el amor me vuelve jugador de nuevo, sólo al enamorarme obtengo el arrojo necesario para volver a apostar mis fichas (y realmente es una apuesta, todo al rojo o todo al negro) en tan hostil tablero de juego, obligándome a encarnarme sobre él, a convertirme, en cierto modo, de jugador remiso a cualquier movimiento a ficha dispuesta, una vez más, a ser devorada...


martes, 26 de junio de 2012

Escepticismo


La ilusión colectiva, el esfuerzo común, la teoría de las gotas de agua que hacen lluvia; el periodo de gracia que se nos concede para jugar con todas las posibilidades del ser antes de, uno tras otro, agachar la cabeza y dedicarnos a la ingrata tarea de ser -de ser sólo- nosotros mismos... Ciudades-ficción, más susceptibles de propiciar esas bellas hipnosis colectivas que recorren nuestros años de formación (de ávido manoseo de identidades que vestirse); ciudades que dan cobijo a todo tipo de ficciones versus ciudades que sólo cuentan la misma, única, triste historia una y otra vez...

Ciudades que tras una rápida, inadvertida cuenta atrás de bomba de relojería, cierran su cúpula, clausurando todos los caminos -ilusorios o no- que un día parecieron conducir fuera de ellas; transformando a sus habitantes, antes seres de papel, tinta y sueños, en personas de carne y hueso...

El último hombre realista.
Ser experto en ficciones se cobra el paradójico precio de no creer, ya, en ninguna; de abocar a una vida solitaria en el grado cero de la ficción, perezoso o renuente a dejarse arrastrar de nuevo hacia una ficción u otra, desconfiando de todas ellas, preguntándose dónde lo han llevado a parar al cabo de tantos años, al cabo de tantas palabras bellas y mentirosas...

domingo, 24 de junio de 2012

El viajero indolente (Viajar, 21)


Viajar para desaparecer. El viaje como un fragmento de nada, apenas obstaculizada por la laxa obligación de elegir -en el vagabundeo goloso hacia ninguna parte que es la única brújula del caminar- entre seguir calle adelante o girar en la siguiente esquina; ingresar, a la hora puntual de las comidas, a este o aquel restaurante de nacionalidad más o menos exótica; pedir una u otra especialidad de café, en las largas tardes de la ciudad visitada, para acompañar la lenta escritura junto a la ventana... Qué maravilla no ser, no pronunciarse más que en esas decisiones nimias que pese a todo, a menudo, suponen un esfuerzo excesivo, casi inasumible para una voluntad desfalleciente, acostumbrada a fluir sin resistencia por una vida sobre raíles, en plena y gozosa dejación de funciones...

viernes, 15 de junio de 2012

El viajero invisible (Viajar, 20)



Viajar es una cuestión de invisibilidad. A los pocos días del viaje, el viajero desaparece; o acaso sea al revés, y sólo avanzado el viaje comparece el viajero, y es la persona (todo aquello en el viajero que no es función del viaje) lo que se vuelve invisible, irrelevante, guardándose en un rincón del equipaje hasta que, a la vuelta, sea útil (¿sea útil?) de nuevo...

(Curioso pensar en desempacar maletas, ya en casa, para encontrar casi con sorpresa viejas inseguridades, eternas insatisfacciones arrinconadas entre la ropa y los calcetines sucios, que, tras un preceptivo paso por la lavadora, uno podrá volver a vestirse -ropa e inseguridades- en el reluctante día a día que sucederá al viaje...)

Los primeros días en tierra ajena uno se sentirá anomalía campante, mancha oscura en una ciudad deslumbrante de albores, cabelleras rubias y ojos claros que lo interpelan a uno en un idioma ininteligible, casi alienígena... Entonces, la visibilidad de la que se huye (aquella que a uno le pesa en su lugar de origen, y que es causa profunda de todo viaje) se hará más evidente, y uno se cuestionará muy a su pesar su legitimidad como viajero, su razón de ser en el entramado de calles de nombres impronunciables a las que no le ata ningún recuerdo, mientras desfila entre majestuosos edificios señoriales sobre cuyas fachadas no puede proyectar, ya, la sombra de ningún conflicto conocido, el desgarro de un amor desafortunado...

Sólo el paso de los días, y esa manera insidiosa que tienen las ciudades de metérsete dentro, resolverá las cosas. Caminar una ciudad hasta la extenuación es una manera de ganarse su aquiescencia, de lograr un respeto mutuo de animales cansados, apaciguados tras la pugna... Escribir en una ciudad -escribir una ciudad-, parapetado del viento omnipresente tras los ventanales de un café (uno de tantos, ciudad de cafés por excelencia) es dejar que la ciudad escriba unas líneas en ti, te marque con palabras trazadas en la más indeleble de las tintas... Y así se obrará el milagro, y uno desaparecerá, aun para sí mismo, siendo felizmente sustituido por ese envoltorio vacío reflectante de lo ajeno, apenas vestidura y cansancio, que es el viajero y su sabiduría.

Demasiado tarde, en cualquier caso, pues poco después habrá que emprender la vuelta, y, pese a que durante unos días el truco de la invisibilidad seguirá funcionando -y uno sentirá estar y no estar, habitar un limbo benévolo desde el que mirar casi con curiosidad las calles de siempre- pronto la masa pegajosa de lo familiar se le adherirá a la piel arruinándole el camuflaje, volviéndolo, de nuevo, visible a los ojos de todos... Volviéndolo, de nuevo, uno mismo.

Viajar para aprender una vez más a dudar. Viajar para provocarse un desarraigo de juguete. Viajar para traerse de vuelta un conflicto con el que enrarecer la imperturbabilidad de los días demasiado tranquilos, sabidos de memoria...

Y ahora, y sobre todo, viajar para volverse (para volver) invisible.

jueves, 19 de abril de 2012

MVD Blues (Por qué el Uruguay, 2)


Curioso pensar en la ciudad que elegí para hacerme de papel...

Cada parque el primer parque (el parque de los juegos de la infancia, el parque de los juegos del amor), cada calle la única calle (la que ha de llevar a todos los destinos posibles, o a ninguno en absoluto), cada árbol distinto a los demás como un copo de nieve a otro copo de nieve... Deseo de ser uruguayo, y tener en Montevideo mi metrópoli; esa idea casi platónica de la ciudad-capital que ha de encarnar, para todo un pueblo, el horizonte de expectativas, miedos, deseos y tristezas que su tierra natal le pueda ofrecer. Ser uruguayo, y caminar Montevideo escéptico, meditabundo, incapaz de creer que esto sea todo, que el mundo entero se acabe en el río-mar que acecha al final de cada calle...

Mi mundo uruguayo de privaciones; ese lugar emocional de la renuncia, transmutado en país.

viernes, 6 de abril de 2012

Anatomía del café (En un café, 11)


El desangelamiento de los cafés de barrio, que se erigen en mis viajes necesarios descansos en la tarea de "aprenderme" la ciudad ajena (de, si se me permite el palabro, "desajenizarla"). Su carácter impersonal los convierte, aquí y allá (en ese "allá" que va respondiendo a tantos nombres de ciudad, atesorados como los nombres de las mujeres que un día amamos) en portales por los que imaginariamente transitar de una ciudad a otra, o mejor, acceder a través de ellos a la Ciudad Única, esa instancia de la experiencia urbana (de nuestro habitar, es decir, de nuestro ser) que resume a todas las ciudades que conoceremos. Esos portales, túneles o pasadizos facilitan la fluidez de una vida anónima, que en ellos se resguarda de la necesidad de definirse, de llegar a ser más que bruma (bruma que podría, un día propicio, tomar al fin la forma deseada). Los cafés, así, como salas de espera de la realidad, que alivian transitoriamente la pesada obligación de ser, que aplazan la toma de decisiones a la espera de que en el horizonte aparezca... ¿qué?

domingo, 18 de diciembre de 2011

Oporto (Viajar, 19)


Retomo Oporto donde la dejé: en la melancolía de una noche en un café con piano, que bien podría ser aquella otra, agosto de 2009, en este mismo café, conmigo renuente a partir tras ocupar las últimas, dulces horas en sembrar la ciudad de palabras, acunado en una saudade que brotaba a zarcillos de la tierra bajo mis pies para atarme y decirme "has encontrado tu lugar: ahora nos perteneces"...

Al día siguiente caigo en la cuenta: me estoy siguiendo los pasos a mí mismo (a aquel otro yo de hace dos años), visitando los mismos lugares, comiendo en los mismos restaurantes, aun haciendo las mismas fotos... Y me pregunto si tan poco he cambiado desde entonces, o si quizá, al repetir los gestos de antaño, no estaré intentando invocar a alguna suerte de deidad del Tiempo y dar marcha atrás al reloj (en ese caso, pienso enseguida, es demasiado tarde: en aquel entonces, y por apenas escasos días de diferencia, ya la amaba...)



El último día intento no sucumbir a la tentación de escribir; una batalla perdida, en este viaje tan desesperadamente grafómano. Pienso entonces (y no me gusta pensarlo) que lo que más me importa en el mundo es la escritura, y que, aunque ésta pueda contener y reflejar al mundo, no es el mundo, no lo sustituye, por mucha tinta que gastemos en el empeño. Pienso también en algo que me falta respecto a otros viajes: la sensación de lejanía, de distancia, que tantas veces me ha hecho añorar terriblemente a mis allegados y enviarles tremebundos mensajes llenos de anhelo... Me siento en cambio "cerca", "no-fuera"; quizá sea que la escritura (esta voz en off que me narra y narra el mundo para mí) es mi centro, y, mientras no lo abandone, mientras camine de su mano, no pierdo nunca el norte...

(Pero, si necesito esa narración interior -caigo enseguida en la cuenta- es precisamente porque me falta la narración externa que leer en los ojos de la otra persona, esa que decidiera acompañarme en la vida contándome desde fuera... Y me pregunto -una pregunta más, en este viaje lleno de interrogantes- cómo sería esa narración a dos voces, si ambas discreparían más de lo que coincidieran, si el tema fundamental sería yo, ella, o ese constructo impensable a día de hoy que podríamos llamar "nosotros"...)

Después, esa noche, de nuevo despidiéndome de la ciudad, caigo en la tentación de asomarme al abismo doble de esas dos pupilas verdes que me quitan el aire, esa sonrisa pintada de rojo que me sonríe desde la pantalla de un teléfono móvil, convenientemente ampliada (y desgajada de mi abrazo, apenas un esbozo de mí en segundo plano) para caber en la pantalla apaisada e iluminarla con la perfección de sus rasgos, la magnificencia de su belleza absoluta... La invoco, más personaje que persona, como a una imagen pagana del amor, sabedor de que los iconos nunca reflejan más que pálidamente a la diosa terrible que representan; encender la pantalla, entre sorbos de café y palabras en el cuaderno, es azuzarme con ortigas, y sin embargo qué dulce castigo, si vuelvo a sentir el verdor de esa mirada sobre mí, el rojo de esos labios sonriendo al calor de mi abrazo...

(Y sé que este sueño ha de acabar, mañana mismo; que tendré que devolverle a ella la imagen que le he tomado prestada para albergar mi ensoñación amorosa y no venir solo a este viaje... ¿Podré hacer, a la vuelta, un uso responsable de mis fantasías? ¿Distinguiré o querré distinguir -o me importará algún día la diferencia- entre realidad y ficción?... )





viernes, 16 de diciembre de 2011

Omnipotencia


Habitar mi ciudad como si fuera un extranjero; la gloriosa, liberadora sensación de la vida sin más vínculos que los que uno elija, en el dulce vagabundeo de la mirada al paso. Caminar la calle Menacho de Badajoz como si fuera Rua Santa Catarina de Oporto, tan ajeno, tan otro, victorioso por sobre los fantasmas que me acometen usualmente por estos pagos; ojalá pudiera mantener siempre el paso así de firme, hurtándome al peso de las miradas ajenas (pero entonces el primer encuentro fortuito con algún conocido desarma mi imperturbabilidad y me inserta de nuevo en el tejido de esta ciudad, de esta vida, enredándome en los hilos de araña de mi yo de siempre...)

viernes, 9 de diciembre de 2011

Deshaciendo las maletas (Viajar, 15)


(Cosas que uno encuentra al deshacer el equipaje, con la mirada aún embriagada de kilómetros y el alma regazada, remoloneando a mitad de camino entre allí y aquí...)

Sólo con renuencia se despoja uno de los ropajes del viajero, dejando diluirse suavemente la ensoñación del camino -la ilusión de una vida, siquiera a capítulos, plena de sentido- para volver al magma informe de los días sin historia (y ésta es, quizá, la mayor pérdida al regresar ¿a casa?). El viaje desencadena la escritura, la hace inevitable; quizá sea, en mi caso impenitente de viajero solitario, para no viajar solo, para compensar la falta de una segunda persona que sea algo más que un tiempo verbal (y, aferrado egoístamente a mi escritura, pienso qué crónicas irrepetibles se perderían si me dejara acunar por la narración ajena, leyéndome embebido, feliz en los ojos verdes de ella...)

A la vuelta, durante unas horas, unos días lo más, se seguirá disfrutando de la inmunidad diplomática asociada al viaje, con los conflictos del día a día puestos a la necesaria distancia; con ella, también, aligerada de su realidad excesiva e ingestionable, traducida al lenguaje del deseo, convertida en envoltura apenas, más personaje que persona, sobre la que volcar las más arrebatadas fantasías amorosas (y tener que devolverle su imagen -como se devuelve un libro a la biblioteca- es sentido como una auténtica separación, la obligación penosa de hacer en adelante un uso responsable de la fantasía, de volver a distinguir -¡como si alguna vez se hubiera logrado!- ficción y realidad...)

Curioso pensar que se pueda ser buen viajero pero no saber vivir; como si el viaje fuera algo aparte de la vida, mejor que la vida, al menos para el yo evanescente al que la vida siempre, inevitablemente, le quedó algo grande...


jueves, 24 de noviembre de 2011

Puntos de fuga


La mirada no es nunca más sí misma que cuando huye, cuando se aferra a todo lo que toca con la avidez del náufrago a un madero flotante. Un ser hecho de dolor y huidas, que sólo encuentra su lugar, el que le es propio, en el furioso revoloteo de la mirada de uno a otro objeto, adhiriéndose a cada edificio cual superhéroe arácnido, poseyendo a cada viandante como un espíritu vengativo; siendo a cada instante enteramente, por un muy breve lapso de tiempo, aquello en lo que se posa. La paradoja, de nuevo, de encontrar en ello un hogar, el único posible para el yo etéreo, errante (puro humo apenas surgido de la combustión espontánea del yo de los conflictos cotidianos -del yo, sobre todo, del amor) en que se resume a veces todo aquello que uno puede o quiere decir sobre sí mismo. Habitar la vida, así, al paso, sin huella ni mañana, puro presente encarnado. Habitar, de nuevo, el mundo sin Ella.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Errancias (Viajar, 12)

Suite vénitienne, Sophie Calle, 1980
Siempre que algún curioso pe(n)sar -o, quizá, algún curioso pen(s)ar- amenaza anegarme, o siempre que, simplemente, necesito aliviar el peso de la existencia, la dura cárcel del yo, recurro a una misma imagen: la de mi itinerancia, mochila al hombro, por las ciudades que me han visto pasar... Especialmente aquellas, con nombres pequeños y cercanos -bien lejos de las glamourosas urbes internacionales coleccionadas con esmero en los últimos años- que albergaron mis breves intentos de trasladar mis raíces, o mi desarraigo, a algún lugar distinto al de mi nacimiento (y, de fondo, siempre, el pavor a que algún día mi necrológica muestre, entre dos fechas espero que alejadas, el mismo nombre de ciudad a uno y otro lado; la presunción, quizá errónea, de que ello querrá decir que nada sucedió entre una y otra fecha, nada relevante si ni siquiera se consiguió, al cabo, habitar otra ciudad el tiempo suficiente como para ¿elegirla? destino del reposo final).

Esas errancias muestran la imagen de mí que prefiero: vacío de todo rastro de pasado (si bien en muchas de ellas el combustible de mi despegue, el impulso que me echaba a andar era un rostro de mujer con el que debía, necesitaba poner una distancia suficiente), ahíto de futuro, siempre en busca del lugar donde me esperara la vida correcta, el correcto yo que algún día sería, que algún día merecería ser. Entonces, en paseos por las calles nuevas que debían servir de escenario a esa vida correcta (calles tan anónimas como aquellas que se habían dejado atrás, pero desprovistas de la sutil y omnipresente huella del dolor), o en cafés donde la nueva ciudadanía se afianzaba con palabras apasionadas garrapateadas sobre un cuaderno, florecía aquello que siempre sentí más propio: la búsqueda de una libertad personal insobornable, la vida promisoria que empezaba por una mirada despejada de sombras y que se extendía luego a los edificios que me veían desfilar, al mismo asfalto sobre el que flotaban más que caminaban mis pasos nuevos...

Estos días en que las ciudades meramente se visitan, destinos de unos pocos días en que tomar aire antes de regresar a lo de siempre, extraño tanto esos viajes con vocación de permanencia, de trascender su condición de viajes para aspirar a convertirse en la vida misma. Por el camino he coleccionado algunos rostros nuevos de mujer (de los que, ay, ya no puedo huir tan fácilmente), cosechado algunos achaques y algunas canas, aprendido más de uno y más de mil límites dolorosos... Así que las únicas huidas que me quedan son estrictamente mentales, y la imagen a la que tercamente me aferro en mis curiosos pe(n)sares, o pen(s)ares, apenas una vaga sombra del pasado...

Pero, quién sabe: siempre proclamé que guardaba una huida en el bolsillo... Y la mochila -que nunca fue mochila sino maleta, o bolso, o zamarra- sigue guardada en mi armario...

viernes, 4 de noviembre de 2011

"Un hombre que duerme" (Georges Perec)

Estás solo. Aprendes a andar como un hombre solo, a vagar, a callejear, a ver sin mirar, a mirar sin ver. Aprendes la transparencia, la inmovilidad, la inexistencia. Aprendes a ser una sombra y a mirar a los hombres como si fuesen piedras. Aprendes a quedarte sentado, a quedarte acostado, a quedarte de pie. Aprendes a masticar cada bocado, a encontrar el mismo sabor átono a cada pedazo de alimento que te llevas a la boca. Aprendes a mirar los cuadros expuestos en las galerías de pintura como si fueran trozos de pared, de techo, y las paredes, los techos, como si fuesen lienzos en los que sigues inagotables las decenas, los miles de caminos siempre recomenzados, laberintos inexorables, texto que nadie sabrá descifrar, rostros en descomposición...

sábado, 29 de octubre de 2011

Vida secreta (En un café, 8)


Por debajo de lo que te gusta mostrar a los demás, existe una cronología secreta de tu vida: la que da cuenta de tus tristezas y tus soledades, tus renuncias y los momentos en que paladeas la tentación de oscurecerte, esquinarte; de hacerte nocturno, clandestino, evitando la luz del día donde tu fracaso se hace demasiado evidente, hurtándote a las miradas de las personas que te acompañaron en tu más reciente intento de ser feliz, buscando los rincones anónimos de la ciudad donde el vivir uniforme te distraiga de tu propia existencia, te ayude a olvidar a aquel que quisiste ser...


Entonces, en bares de barrio que no dudarías en llamar tugurios (y en los que, tantos años atrás que parece otra vida, descubriste junto a tus amigos, en interminables tardes de café y literatura, tu vocación de escritor), firmarás con letra apretada, nota a nota, el certificado de defunción del niño frágil, víctima propiciatoria durante demasiado tiempo, que ya no te puedes permitir seguir siendo; te rodearán en el velatorio los parroquianos habituales de tan insigne lugar, inmejorables compañeros de duelo a los que mirarás desde tu mesa de reojo, midiendo lo que aún te separa de ellos, una distancia ínfima que se puede acortar aún más si sustituyes el café que sigues tomando, aferrándote a una de tus más sagradas tradiciones, por los vapores de alguna bebida alcohólica de alta graduación...

Y, después de esta simulación de la catástrofe, volverás a casa tranquilo, reconfortado, dispuesto otra vez a ser, cuando el sol despunte en una nueva mañana, el tipo correcto e intachable que siempre ofrece una sonrisa, que se desvive por agradar a los demás, tras cuya fachada pulcra e inmaculada nadie podría adivinar los abismos que se agitan...

Dos vidas, dos cronologías corriendo paralelas... ¿Cuál de ellas es la verdadera, la más auténtica? ¿Cuál te define más, cuál dice mejor quién eres? ¿Cuál, al menos, ha ocupado más tiempo de eso que llamas tu vida?




sábado, 9 de abril de 2011

Deconstruyendo la ciudad


Al caminar la ciudad, la mirada debe ir por delante; hendiendo el aire para abrirle paso a uno, hallando los huecos en la realidad que permitan moverse de aquí allá, de este fragmento de realidad a aquel otro, conquistados, antes de que el pie marque su huella sobre ellos, por el poder allanador de la literatura. La realidad en bruto es inhabitable, a no ser sorda, insensiblemente; mejor refinarla en minúsculas instancias narrativas plenas de resonancias, donde el vivir se despliegue en todas las posibilidades cromáticas del espectro... Sólo así, fabricando huecos a golpe de mirada, avanzará uno en su siempre dificultoso camino hacia ese lugar que está tan dentro como fuera, en el que la presunción de culpabilidad, sobre el mundo y sobre uno mismo, queda en suspenso, y donde un día, quizá, pueda uno finalmente perdonarse y ser...

martes, 5 de abril de 2011

El habitante del mañana, 7


Al pasear las calles tan holladas del presente -ahora ya pasado-, uno sentía como una vibración moviendo el suelo bajo sus pies, desdibujando las fachadas de los edificios, descorriendo el velo de la ciudad conocida como si fuera una simple ilusión, entre cuyas rotas costuras se pudiera ver al fin la brillante realidad de la ciudad futura, aquella que lo esperaba para concederle una vida mejor en algún punto impreciso del porvenir...

miércoles, 23 de febrero de 2011

Collage

“Hay un tipo de literatura del hombre que se queda en su ciudad” (Fernando Luis Chivite, “Insomnio”).


"...Que le hagan ver su ciudad, ésa que está tras la ventana, de una forma distinta: como a un lugar único donde a él puede ocurrirle todavía cualquier cosa, no necesariamente mala, no necesariamente triste, no necesariamente mañana. Un lugar que no descarte sin más los milagros (...): una ciudad nueva, llena de vidas a estrenar" (Vicente Luis Mora, "Circular").


"Desde hace tres días, sin embargo, se han precipitado los acontecimientos y he venido a parar a este retículo cero de la Tierra, lugar exento de equivocaciones cuyo retrato me incumbe como una deuda de honor, como una última responsabilidad" (Belén Gopegui, "La escala de los mapas").


"Imagino el andén y el vestíbulo de una tórrida estación, espacios donde el pasajero existe entre paréntesis, suspenso entre el camino recorrido y, a mediodía, el reverbero de otra ciudad" (Belén Gopegui, "Tocarnos la cara")


"Es distinto ser apátrida en casa que en el extranjero, donde uno puede encontrar su hogar en la ausencia de una patria" (Imre Kertész, "Yo, otro").


"La mayoría de las personas se empeñan en un lugar, huertas, molinos o palacios. Quieren fugarse allí, muy bien, pero luego, esos sitios, ¿cómo los defienden? ¿Y qué felicidad puede procurarles un refugio que deben defender?" (Belén Gopegui, "La escala de los mapas").


"El hombre acorralado puede irse pero se queda, atado a la ciudad por una deuda misteriosa que el viento conoce" (Eduardo Galeano, "La canción de nosotros")


martes, 16 de noviembre de 2010

Terquedad de la memoria


(Puedo vivir a apenas doscientos o trescientos metros de donde vivía; puedo recorrer el mismo camino a casa, hasta un punto concreto en el que tomo otra calle, paralela a aquella que me depositaba en el que fue mi efímero hogar; por los huecos entre los edificios y los tramos de carretera que conectan ambas avenidas espiaré aquel viejo camino, aquel recorrido final que es hoy la única diferencia, y creeré verme allá a lo lejos, ensimismado como siempre en cualquier curiosopensar; recordaré, entonces, lo que escribí un día de frío como éste...)


La vida puede ser apenas un puñado de calles al paso, un edificio combado por el viento y el frío, un hogar que echarse encima como una manta en la noche, las tiendas habituales en las que entretener el camino a casa... Cuando las calles y las tiendas y el edificio y el hogar cambian, podemos decir que se clausura una vida, una de tantas, y da comienzo una nueva; en cada uno de estos giros e intersecciones muere un yo, que había florecido al calor de esa vida, y cuya pérdida -una más- lloraremos brevemente, mientras la memoria empieza a cartografiar el nuevo camino que de nuevo habremos de olvidar algún lejano día...

 

domingo, 7 de noviembre de 2010

Plegaria del extranjero


"Qué feliz sería -pensó- caminando por estas mismas calles, entre estas gentes amables... si ésta no fuera mi ciudad". ¿Puede ser la extranjería el estado natural de alguien? ¿Cómo ser extranjero en la ciudad de siempre? Al pasearla, una firme decisión de la mirada "restaría" el conocimiento de las cosas, las desposeería de su nombre, olvidando convenientemente todo aquello que han significado, bueno o malo, para verlas de nuevo vírgenes, promisorias, llenas de posibilidades; para verse uno mismo vacío, extranjero, una tabula rasa sobre la que escribir una nueva vida. "Quizá hubo un tiempo -seguiría diciendo el personaje- en que me enamoré de las frías noches solitarias en alguna otra ciudad; y ahora extraño esa mordedura, ese tipo peculiar de intemperie, esa poesía a la que no todos los oídos son sensibles..."