
Un autobús interurbano apareciendo renqueante, mostrando en sus ventanas hileras de otredades polvorientas, santificadas por la bendición del viaje; cuerpos hechos para ser acunados de un lado a otro, llevados en todo tipo de transportes, conducidos a la certeza de que sólo en movimiento se llega a comprender algo, a tener a tiro alguna verdad. Tallar una literatura a partir de esas epifanías, a golpes de revelaciones súbitas, modestas, casi involuntarias; una sabiduría de bolsillo, laxa, precaria como el movimiento, revisable a cada parada del camino... No necesita más equipaje el viajero.
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