jueves, 18 de noviembre de 2010

Un día cualquiera

¿Hasta qué punto nos sirve vivir de manera vicaria, en mil ficciones diversas, tantas cosas que no podremos vivir nunca en la realidad? En ocasiones, hastiado de ser uno mismo, sentir cómo el alma se te escapa hacia cualquier estímulo externo, un rostro entrevisto al paso, la sensación inefable de ser capaz de imaginar toda una vida de otredad en el fugaz instante de apresarlo con tu mirada hambrienta. Luego, pensar que quizá lo que odias de tu ciudad es la parte de ti que lleva su nombre; pensar que, cuando dejas de escuchar a ese gemelo perverso susurrarte al oído mezquindades, puedes ver resplandecer la potencialidad infinita en casi cualquier cosa (la potencialidad que le da el hecho de ser otra, algo ajeno a ti, un atajo eterno y siempre disponible hacia lo diferente, "eso que nos salva"). Hacemos lo que podemos (seguir pensando, seguir curiosopensando entonces); a cada segundo redefinimos los esquemas que creíamos inmutables, dándonos y dando al mundo, siempre, una nueva oportunidad. Si sólo pudiéramos dejar de vivir sobre raíles...

Retomando la pregunta inicial: percibir en algunos momentos, con prístina claridad, la escisión fundamental que se produce, que se produjo en un lejano momento ya olvidado, cuando decidimos que todo era mejor en la ficción; una decisión inevitable, propia de un tiempo de ficciones como el nuestro, que nos separa a nosotros mismos, en el momento de vivir una experiencia, de aquel que seríamos en una ficción sobre esa experiencia; quedará coja, así, incompleta, con una inefable sensación de pérdida, de cosa incorrecta por definición... La ficción es el camino que separa a quien eres de quien querrías ser, recitará uno entonces, en el mundo correcto que sería el mundo real si no fuera real sino ficticio. Culpar al empedrado, cómo no, y pensar con una sonrisa en una raza de hermosos soñadores que fueron seducidos en la infancia por el colorido irresistible de lo ficticio, y vivieron luego sus vidas desgarrados entre lo real y lo inexistente, entre el recuerdo de aquellas primeras imaginaciones y la constatación siempre vejatoria en comparación de lo real. Balance de luces y sombras, caminando las calles, un día cualquiera...

2 comentarios:

  1. Romanticismo postmoderno. Ahora que releo a Cernuda veo que su batalla es la tuya (la nuestra): el eterno contraste entre la Realidad y el Deseo.

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  2. Veo que insistís mucho, Leo y tú, en esa etiqueta... Me gusta. Es como ser posmoderno, pero menos (y por supuesto, como ser romántico, pero de una forma mucho más cool). Y sí, amigo, esa es la lucha de siempre... que seguramente ocupará toda nuestra vida.

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