lunes, 25 de octubre de 2010

La vida


Todos los días ponerse en marcha, arrancándose los dulces zarcillos del sueño que se aferran a uno amorosamente. Ir adquiriendo velocidad con el día, y llenarse de un contenido semántico hecho de conflictos cotidianos que la velocidad hará inconsciente, natural (una segunda piel de conflictos comunes, repetidos en el día a día, que generan respuestas emocionales harto conocidas: eso es la identidad). Luego al llegar a casa, tratar de quitarse esa piel para comprobar que ya no es posible vestir otra, que el cuerpo y el alma no se dejan ya adornar por nada más que el cansancio. Rendirse a éste, limpiarse los rastros de ansiedad aferrados aún a los nervios, tener un sueño a menudo inquieto; para luego, apenas cinco o seis horas después, recomenzar todo el proceso, con la vaga esperanza de que ese día algo en todo ello sea distinto...

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